400

    Sinceramente, no me atrevo a explayarme sobre las implicancias bíblicas de este número. Sí diré que el domingo, fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, a más de Gaudete, cuatro centenares de almas compartimos un encuentro inolvidable, en el marco del agasajo distrital a los RR.PP. Luis María Canale y Edgardo Albamonte (por sus 40 años en el sacerdocio), Luiz de Toledo Camargo (25) y Leandro Blanco (20).

   Una jornada regada no sólo por la lluvia del mediodía, sino por las Gracias, que Nuestro Señor no escatima. Un domingo que, me permito señalar, arrancó con la Misa Solemne en la capilla “de Venezuela” a las 11, en la cual el p. Joaquín Cortés, Superior del Distrito, predicó sobre la relación entre la Virgen María y el sacerdocio católico, destacando lo que significó la devoción mariana de Mons. Lefebvre y su rol en el sostenimiento –a capa y espada- de la Tradición, contra la marea modernista que llevó a la actual etapa, la de la crucifixión de la Iglesia. “Así como la Virgen María fue la única sin culpa por la Crucifixión de Jesús, la Fraternidad tampoco tiene culpa en la actual crisis de la Iglesia, la más grave de la historia”, fue, en palabras más o menos, el concepto principal del sermón del P. Superior.

     A los postres del bien presentado almuerzo (punto de encuentro de los de Buenos Aires, los de Martínez, los de La Reja y los de quién sabe dónde, veteranos y neofeligreses, solos o en pareja, con o sin los hijos, de saco y corbata o elegante sport), el turno de los discursos, los agradecimientos, las reflexiones:

La importancia de un acto de Fe   

     El P. Luis María Canale contó su juventud en la Fe, cuando su tía, monja carmelita, lo acercó (junto a Alfonso de Galarreta y un grupo de amigos) a la Consagración a María, acto que terminaría resultando la clave para su vocación –la de ambos-. Resaltó el papel de los fieles en la relación con los sacerdotes y lo conmovedor y reconfortante del poder de sus oraciones durante su internación, en el pasado otoño, a causa de la enfermedad del momento. Y no dudó en afirmar que “Monseñor Lefebvre fue el obispo más importante del siglo XX”.

Cuadruplicar los esfuerzos

    El P. Albamonte, en su repaso de aquellos lejanos años, recordó que “el Distrito entonces llegaba hasta la frontera sur de Estados Unidos, y ahora son cuatro”. Se refería a los Distritos de América del Sur y México y a las Casas Autónomas de Brasil y de América Central y el Caribe, reflejo de cómo, merced a la divina gracia, ha ido creciendo la Congregación. Coincidió con el actual Prior de Buenos Aires, el P. Camargo, en la necesidad de contar con una gran iglesia en esta capital, dedica al Sagrado Corazón de Jesús.

La amistad entre sacerdotes, base de la acción

   A su turno, el P. Prior hizo hincapié en el amor de las almas, en la caridad fraterna sacerdotal –herramienta fundamental para afrontar la permanente insuficiencia de recursos, dada la desproporción personas- obras que la labor apostólica de la Fraternidad supone- y en la misión que para él trae aparejado estar al frente del principal Priorato del Distrito.

El cura-soldado

    Antes del brindis de cierre, ofrecido por el P. Cortés, el P. Blanco (Director de la Escuela de La Reja) sorprendió con su confesión de que “quería ser militar, pero sentí que estaba llamado al combate mayor, el de la Iglesia contra el mundo, adverso”.

   Fuimos 400. Son muchos más, los que, Deo gratias, cada semana, se suman a esta apasionante (y seguramente bien recompensada, conforme cada quien obre) aventura de la Tradición. Bajo el amparo de Nuestra Madre, aquella a quien Mons. Lefebvre tanto amó. Aquella cuyo corazón sacerdotal sigue tan presente en sus hijos como en el distante 1970 de la fundación, o en ese 1981 de la piedra basal del Seminario de La Reja, allí donde seguirán floreciendo vocaciones. Sin que descuidemos orar por ellas, claro.

 

¡Viva Cristo Rey! ¡Viva María Reina!

 

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